La urgencia constante

Cómo la dopamina inmediata nos está robando la paciencia para hacer cosas que de verdad merecen la pena

s4vitar

s4vitar

4 de febrero de 2026 · 3 min de lectura

Vivimos en una época marcada por la urgencia. Todo tiene que ser ya. Ahora. Inmediato. Si algo tarda más de unos segundos en darnos una recompensa, empieza a parecernos irrelevante, aburrido o directamente prescindible. Y lo preocupante no es solo que lo aceptemos, es que nos hemos acostumbrado a ello sin apenas darnos cuenta.

Estamos enganchados a la dopamina instantánea. A ese pequeño chute rápido que llega con un scroll, con un vídeo corto, con una notificación, con un número que sube. No porque nos aporte algo valioso, sino porque es fácil, rápido y no exige nada a cambio. No exige atención real. No exige esfuerzo. No exige tiempo.

Las redes sociales han perfeccionado este modelo. Plataformas como TikTok, entre muchas otras, no están diseñadas para enseñarte algo, están diseñadas para retenerte. Para mantenerte en un bucle constante de estímulos breves, simples y repetitivos. Contenido que entra fácil y se va igual de rápido. Consumes mucho, recuerdas poco. Pasas tiempo, pero no construyes nada.

Y eso tiene un impacto directo en cómo nos relacionamos con el aprendizaje, con el trabajo y con cualquier cosa que merezca la pena de verdad.

Cada vez nos cuesta más sentarnos una hora seguida a hacer algo sin interrupciones. Leer algo largo. Ver un vídeo pausado. Profundizar en una idea. Pensar sin estímulos constantes. Todo lo que no da una recompensa inmediata empieza a parecernos pesado, innecesario o demasiado exigente. Preferimos lo corto, lo rápido, lo fácil. Aunque sepamos, en el fondo, que eso no nos lleva a ningún sitio.

Lo más irónico es que luego nos frustramos. Sentimos que no avanzamos. Que estamos estancados. Que no construimos nada sólido. Pero seguimos alimentando el mismo patrón. Buscamos resultados rápidos mientras entrenamos una mente incapaz de sostener procesos largos.

Hay contenido increíblemente trabajado, profundo, útil, honesto, que pasa completamente desapercibido. No porque no tenga valor, sino porque exige algo que cada vez cuesta más ofrecer, que es la atención. Tiempo real. Presencia. Vivimos en una cultura que dice querer cosas buenas, pero actúa como si solo tuviera paciencia para las mediocres.

Esto no va de demonizar la tecnología ni las redes sociales. Van a seguir ahí. El problema no es usarlas, es dejar que moldeen nuestra forma de pensar sin resistencia. El problema es normalizar la prisa constante. Convertir la urgencia en estado mental permanente. Medir el valor de las cosas por lo rápido que nos estimulan, no por lo que nos construyen.

Las cosas importantes casi nunca son inmediatas. Aprender bien no es inmediato. Mejorar de verdad no es inmediato. Crear algo con sentido no es inmediato. Tener criterio no es inmediato. Todo eso requiere tiempo, repetición, silencio, aburrimiento incluso. Requiere aceptar que no todo tiene que ser excitante para ser valioso.

Quizá el mayor acto de rebeldía hoy en día no sea ir más rápido, sino ir más despacio. Elegir conscientemente dedicar tiempo a cosas que no dan likes, que no generan dopamina instantánea, que no se pueden consumir en treinta segundos. Apostar por lo que suma a largo plazo, aunque no brille en el corto.

Si al leer esto has sentido que habla un poco de ti, no es casualidad. Nos pasa a muchos. La diferencia está en si somos capaces de darnos cuenta y corregir el rumbo. Porque el tiempo sigue pasando igual. La pregunta es en qué lo estamos gastando.

·0 comentarios

Comentarios

Inicia sesion para dejar un comentario

Aun no hay comentarios. Se el primero.