La suerte es la excusa más cómoda
Por qué llamamos suerte a lo que no queremos analizar en profundidad
s4vitar
20 de febrero de 2026 · 3 min de lectura
Cada vez que alguien alcanza algo visible, aparece la palabra.
Ha tenido suerte.
Estaba en el lugar adecuado.
Conoció a la persona correcta.
Le coincidió el momento perfecto.
La suerte funciona como un atajo mental. Simplifica lo complejo. Reduce trayectorias largas a un instante favorable. Convierte años de preparación en una circunstancia puntual.
Y sobre todo, nos tranquiliza.
Porque si el éxito de otros es cuestión de suerte, entonces nuestro punto de partida no es responsabilidad nuestra. Es azar. Es contexto. Es destino.
La suerte se convierte en una narrativa cómoda.
Pero conviene detenerse un momento.
Suerte es que estés vivo.
Suerte es que hayas nacido en un lugar con acceso a educación.
Suerte es no haber enfermado gravemente.
Suerte es poder leer estas palabras.
Eso sí es azar puro.
Nadie eligió nacer donde nació. Nadie eligió sus condiciones iniciales. Ahí sí hay una lotería biológica y geográfica.
Pero cuando hablamos de trayectorias profesionales, de habilidades desarrolladas, de proyectos construidos, el concepto empieza a deformarse.
Llamamos suerte a la oportunidad que alguien supo aprovechar. Llamamos suerte al resultado visible de un proceso invisible. Llamamos suerte al cruce entre preparación y ocasión.
La palabra suerte muchas veces es una etiqueta que colocamos sobre aquello que no hemos querido observar con detalle.
Es más fácil decir “ha tenido suerte” que analizar cuántas horas acumuló antes de que apareciera esa oportunidad. Es más cómodo atribuirlo al azar que preguntarse si nosotros habríamos estado listos en ese mismo escenario.
La suerte existe, pero no como solemos imaginarla.
Existe el azar. Existen variables que no controlamos. Existen contextos más favorables que otros. Eso es real.
Lo que no es real es usar la suerte como explicación total.
Cuando alguien construye algo durante años y un día recibe visibilidad, muchos ven el momento. No ven la base, ven el pico. No ven la montaña completa.
La mente humana busca causalidades simples. Necesita una explicación rápida. La suerte cumple esa función.
Pero la suerte, en el ámbito del crecimiento, suele ser la intersección entre dos factores, la preparación y la exposición.
Puedes tener exposición sin preparación y no ocurrirá nada. Puedes tener preparación sin exposición y tardará más, pero en algún punto se alineará.
Lo que llamamos suerte muchas veces es simplemente el momento en el que ambas coinciden.
Decir que alguien tuvo suerte protege nuestro ego.
Si aceptamos que su resultado fue consecuencia de decisiones sostenidas, de sacrificios acumulados, de estándares más altos, entonces tenemos que aceptar que nosotros podríamos hacer algo distinto.
Y eso implica responsabilidad.
La suerte, utilizada de forma ligera, nos libera de esa carga. Convierte el éxito ajeno en algo externo a nuestra influencia. Nos mantiene intactos.
Hay una diferencia enorme entre reconocer el azar estructural y refugiarse en él.
Reconocer el azar estructural es entender que no todos parten desde el mismo punto. Que hay ventajas iniciales reales. Que el entorno influye.
Refugiarse en el azar es usarlo como límite permanente.
La profundidad está en aceptar ambas cosas al mismo tiempo.
Sí, existen circunstancias que no elegiste.
Sí, hay personas con ventajas iniciales.
Sí, el contexto importa.
Pero dentro de ese contexto, tus decisiones siguen teniendo peso.
La suerte no sustituye al carácter. No reemplaza la disciplina. No construye habilidades. No sostiene proyectos en el tiempo.
Puede abrir una puerta, pero no te mantiene dentro.
La mayoría de las veces, cuando alguien habla de suerte, está señalando un resultado sin querer estudiar el proceso.
Y el proceso casi nunca es romántico.
Es repetición. Es frustración. Es persistencia cuando nadie mira. Son estándares que no dependen del aplauso.
La suerte, en su versión más profunda, no es una fuerza mágica que selecciona favoritos. Es el nombre que damos a la parte del sistema que no controlamos.
Pero lo que sí controlamos suele ser mucho más amplio de lo que creemos.
Puedes nacer en un contexto determinado. No puedes decidirlo, pero puedes decidir qué haces con el margen que tienes.
Ese margen no es infinito, pero tampoco es inexistente.
Reducirlo todo a suerte es una forma elegante de no explorar ese margen.
La verdadera pregunta no es si la suerte existe, la pregunta es cuánto estás dispuesto a hacer dentro de lo que sí depende de ti.
Porque cuando alguien insiste en que todo es suerte, muchas veces no está describiendo la realidad, está describiendo su resignación.