La era de la queja

Frustración, juicio constante y la necesidad de rebajar al otro para sentirse un poco mejor

s4vitar

s4vitar

5 de febrero de 2026 · 3 min de lectura

Últimamente tengo la sensación de que vivimos rodeados de queja constante. De gente enfadada con todo. Con los demás, con lo que hacen, con lo que consiguen, con cómo lo consiguen. Y sí, soy consciente de la ironía de estar quejándome precisamente de esto. Aun así, hay una diferencia entre descargar frustración sin más y pararse a reflexionar sobre por qué ocurre.

Se percibe una frustración generalizada. Una tensión de fondo que hace que cualquier cosa sea motivo de ataque. Si a alguien le va bien, se le machaca. Si alguien consigue algo, se duda automáticamente. No se pregunta cómo lo ha logrado, se busca directamente dónde está la trampa. Como si el éxito ajeno fuese una provocación personal. Como si el hecho de que a otro le vaya bien implicara que a ti te vaya peor.

Hay ejemplos que rozan lo absurdo. Hace poco alguien logró un avance médico brutal, algo tan serio como una posible terapia experimental contra el cáncer de páncreas desarrollada por Mariano Barbacid y su equipo. En vez de centrarse en el logro, la conversación pública acabó desviándose hacia la marca rojiza de su rostro, un rasgo físico que tiene desde siempre, como si eso restara valor a lo conseguido, porque resulta más fácil atacar a la persona que reconocer algo valioso.

Esto no va de decir que el ser humano sea malo por naturaleza. No creo eso. Creo que el problema es otro. Creo que hay mucha gente profundamente frustrada, cansada, insatisfecha con su propia situación. Y cuando no sabes qué hacer con esa sensación, cuando no sabes cómo canalizarla, es muy fácil proyectarla hacia fuera. Convertir al otro en el problema. En el culpable. En el objetivo.

Vivimos en un entorno que juzga absolutamente todo. Te juzgan por tu aspecto, por cómo hablas, por lo que sabes, por lo que no sabes, por cómo te sientas, por cómo miras, por cómo respiras. Da igual lo que hagas. Siempre habrá alguien dispuesto a encontrar algo que criticar. No porque lo que hagas esté mal, sino porque necesitan hacerlo.

Hay una especie de alivio momentáneo en señalar al otro. En rebajarlo. En encontrar defectos. Es una forma rápida de sentirte un poco mejor contigo mismo sin tener que enfrentarte a tus propias carencias. No soluciona nada, pero anestesia durante un rato.

Lo preocupante es que esto se normaliza. Se aplaude incluso. Se premia la crítica fácil, el comentario hiriente, la descalificación rápida. Parece que atacar da más sensación de pertenencia que construir. Que aportar. Que reconocer.

Moverte en este mundo implica aceptar algo incómodo. Hagas lo que hagas, alguien estará en tu contra. Aunque no haya motivo aparente. Aunque no te conozca. Aunque no le afecte en nada. Y entender esto no te vuelve inmune, pero sí te da perspectiva. Te ayuda a no tomártelo todo como algo personal.

Muchas de esas críticas no hablan de ti. Hablan de quien las emite. De su frustración, de su envidia, de su sensación de estar estancado. No siempre es maldad consciente. Muchas veces es dolor mal gestionado.

Eso no significa justificarlo. Significa entenderlo para no dejar que te arrastre.

Quizá la pregunta no sea por qué la gente se queja tanto, sino qué está fallando para que tanta gente viva con esa sensación constante de insatisfacción. Porque cuando una sociedad se llena de queja, de burla, de ataque, suele ser síntoma de algo más profundo.

Y aun así, con todo esto, seguir haciendo cosas, seguir creando, seguir intentando mejorar, sigue siendo la única salida que no te convierte en parte del problema. Aunque te critiquen. Aunque te juzguen. Aunque nunca sea suficiente para algunos.

·0 comentarios

Comentarios

Inicia sesion para dejar un comentario

Aun no hay comentarios. Se el primero.