La diferencia entre insistir y obsesionarse
De hobby a trabajo, y de ahí a algo que no esperaba
s4vitar
21 de enero de 2026 · 2 min de lectura
No recuerdo un momento concreto en el que dijera “quiero dedicarme a esto”. No hubo una decisión clara ni un plan. Si miro atrás, lo que veo es más bien una cadena de pequeñas obsesiones que se fueron encadenando sin que yo lo supiera.
De pequeño ya subía vídeos a YouTube. Tenía siete años. Eran tonterías, pruebas, cosas que hoy darían hasta vergüenza ver. Me pasaba horas programando en Visual Basic, trasteando con el bloc de notas, haciendo pequeños scripts en Batch sin saber muy bien qué estaba haciendo. No había una meta. No había nadie mirando. Simplemente me gustaba.
En aquel momento no pensaba en informática como una salida, ni mucho menos en enseñar a otros. Era un hobby. Una curiosidad constante. Una forma de perder el tiempo que, sin saberlo, estaba construyendo algo por debajo.
Con los años eso no desapareció. Cambió de forma, pero siguió ahí. Seguí aprendiendo, probando cosas, equivocándome mucho. Sin referentes claros, sin una hoja de ruta, viniendo de una familia humilde y sin ningún tipo de ventaja especial. Lo único que había era constancia. Y ganas. Muchas ganas.
Con el tiempo empecé a crear contenido de forma más seria. Al principio nadie te ve. Nadie te valida. Nadie te dice que vas por buen camino. Insistes porque te apetece, no porque funcione. Y ahí es donde empieza a aparecer una línea muy fina entre insistir y obsesionarse.
Insistir es volver al día siguiente aunque no pase nada. Obsesionarse es no saber parar aunque algo te esté rompiendo por dentro.
Yo he estado en los dos lados.
He tenido épocas en las que esa obsesión me empujó a aprender más rápido, a mejorar, a no conformarme. Y otras en las que me quemó, me aisló o me hizo perder perspectiva. No siempre es fácil distinguir cuándo una cosa se convierte en la otra. Normalmente te das cuenta tarde.
Lo que empezó como un hobby acabó convirtiéndose en trabajo. Y el trabajo, con el tiempo, escaló a algo mucho más grande de lo que jamás habría imaginado. No porque hubiera un gran plan detrás, sino porque cada día se fue construyendo algo, casi sin notarlo. Día tras día. Vídeo tras vídeo. Error tras error.
Si hay algo que tengo claro es que el camino no se construye con momentos puntuales de inspiración, sino con una constancia bastante menos glamourosa. Con días normales. Con días malos. Con días en los que no pasa absolutamente nada.
Nunca partí sabiendo. Partí sin conocimiento. Aprendiendo poco a poco. Y sigo igual. No me considero alguien que “llegó”. Me considero y creo que siempre me consideraré, un eterno aprendiz.
Tal vez la clave no esté en obsesionarse con llegar a algún sitio, sino en cuidar aquello que te empuja a sentarte un día más a aprender algo nuevo. En proteger esa curiosidad sin dejar que se convierta en una jaula.
Porque insistir te construye. Pero obsesionarte, si no sabes frenarlo, también puede destruirte.
Y aprender a distinguirlo es parte del camino.