Cómo tomo decisiones cuando no sé si estoy haciendo lo correcto

Sobre decidir sin garantías y convivir con la duda

s4vitar

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28 de enero de 2026 · 3 min de lectura

Durante mucho tiempo pensé que, cuando una decisión es la correcta, se nota. Que hay una especie de tranquilidad interna, una señal clara, algo que te confirma que vas bien.

Con los años he entendido que eso casi nunca pasa. Y que, de hecho, las decisiones que más impacto han tenido en mi vida las tomé con bastante incomodidad.

No escribo esto desde una posición de certeza. Lo escribo desde haber tomado decisiones importantes sin saber si eran las correctas… y haber tenido que convivir con ello.

El problema no es decidir, es querer garantías

Creo que la mayoría de personas no se bloquean porque no sepan qué hacer.
Se bloquean porque quieren garantías antes de moverse.

Queremos saber si saldrá bien. Si merece la pena. Si no nos arrepentiremos.

Y la realidad es que en las decisiones importantes no hay pruebas. No hay métricas fiables. No hay validación externa suficiente.

Esperar certeza en ese punto es, en la práctica, no decidir nunca.

Yo no decido buscando seguridad, decido buscando coherencia

Esto es lo primero que aprendí, a base de equivocarme.

No tomo decisiones preguntándome si van a funcionar. Me pregunto si encajan.

Encajan con:

  • La persona que soy ahora

  • La vida que quiero construir

  • El tipo de problemas que estoy dispuesto a soportar

Hay decisiones que “tienen sentido” sobre el papel y aun así te generan ruido interno constante. Otras no son especialmente brillantes, pero te dejan en calma.

Con el tiempo aprendí a darle más peso a la segunda señal.

Diferenciar miedo de intuición no es tan místico como parece

Esto me costó años. El miedo suele ser ruidoso. Insistente. Te habla en escenarios futuros, en “y si pasa esto”, “y si sale mal”, “y si te equivocas”.

La intuición es más silenciosa. No grita. No discute. Simplemente insiste en el tiempo.

Si una idea vuelve una y otra vez, incluso cuando intentas ignorarla, suelo prestarle atención. No porque sea cómoda, sino porque no desaparece.

El miedo cambia de forma. La intuición suele ser constante.

Cuando todo parece una mala idea, miro el coste de no decidir

Hay momentos en los que ninguna opción parece buena. Ahí suelo hacer algo muy simple que consiste en dejar de comparar resultados y empezar a comparar costes.

¿Qué cuesta seguir como estoy?, ¿qué cuesta moverme?, ¿qué coste puedo asumir durante más tiempo?

Muchas veces no elijo la opción “mejor”, sino la menos corrosiva a largo plazo.

No todo va de maximizar, a veces va de no deteriorarte por dentro.

Un error que cometí durante mucho tiempo

Durante años tomé decisiones que eran defendibles, razonables y bien vistas desde fuera. No eran malas decisiones. Pero no eran mías.

Funcionaban, pero me drenaban. Tenían lógica, pero no tenían sentido personal.

Tardé bastante en entender que no basta con que algo funcione si te apaga por dentro. El precio acaba llegando igual, solo que más tarde.

Aceptar que decidir es renunciar

Esto parece obvio, pero no lo es.

Cada decisión cierra caminos. Y parte de la incomodidad viene de no querer asumir esa pérdida.

Yo ya no intento tomar decisiones “perfectas”. Intento tomar decisiones que pueda sostener cuando deje de ser una novedad.

Si dentro de un año sigo siendo capaz de defenderla sin justificarme, suele ser una buena señal.

No decidir también es una decisión (y suele ser la peor)

Esto es incómodo de admitir.

Quedarte donde estás, esperando una señal externa, también es decidir. Solo que delegas la responsabilidad en el tiempo, en otros o en la inercia.

Y eso, casi siempre, acaba pasando factura.

Prefiero equivocarme moviéndome que acertar por accidente quedándome quieto.

Para cerrar

No escribo esto para decirte qué decisión tomar. Ni para convencerte de que sigas ningún camino concreto.

Lo escribo porque dudar no significa que estés perdido. Muchas veces significa que estás pensando de verdad.

Experimenta. Prueba. Fracasa. Aprende.

Vamos a morir. Todos. Sin excepción.

Y cuando eso pase, el mundo va a seguir. La gente continuará con su vida y en muy poco tiempo seremos apenas un recuerdo.

Sabiendo eso, equivocarse no es el problema. Quedarse quieto por miedo, sí.

Así que la pregunta no es si vas a hacerlo perfecto.
La pregunta es cómo quieres ser recordado y qué cosas no te perdonarías no haber intentado.

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