Aprender a no correr
Sobre bajar el ritmo sin dejar de avanzar
s4vitar
24 de enero de 2026 · 2 min de lectura
Durante mucho tiempo tuve la sensación de que iba tarde a todo. Que si no avanzaba más rápido, algo se me iba a escapar. Que si no apretaba un poco más, perdería una oportunidad. Empecé a vivir con esa presión constante de aprovechar el momento, el impulso, la inercia. Y así, casi sin darme cuenta, empecé a correr.
No correr físicamente, claro. Correr por dentro. De un proyecto a otro, de una idea a la siguiente, de una expectativa a otra aún más alta. Cuando algo empezaba a funcionar, en lugar de disfrutarlo, ya estaba pensando en lo siguiente. En cómo hacerlo crecer más. En no estancarme. En no aflojar. Como si aflojar fuera sinónimo de perderlo todo.
Durante un tiempo eso parece funcionar. Avanzas, produces, construyes cosas. Desde fuera incluso puede parecer que todo va bien. Pero hay un punto en el que empiezas a notar que algo no encaja. No sabes muy bien qué. Solo sabes que estás cansado de una forma rara. No física, sino mental. Te cuesta estar presente. Te cuesta disfrutar de lo que haces. Incluso de aquello que, en teoría, querías tanto.
Ahí fue cuando empecé a darme cuenta de que no estaba avanzando más rápido. Estaba simplemente pasando por encima de las cosas. Sin tiempo para que nada se asentara de verdad.
Aprender a no correr no fue una decisión consciente ni un propósito bien definido. Fue más bien una consecuencia. El cuerpo y la cabeza empiezan a pedirlo. Te obligan, aunque al principio no quieras escuchar. Empiezas a entender que ir más despacio no significa rendirse, ni conformarse, ni dejar de tener ambición. Significa darte espacio para entender qué estás haciendo y por qué.
Significa permitir que los procesos maduren. Que las ideas se ordenen. Que las decisiones no se tomen siempre desde la prisa o el miedo a llegar tarde. Hoy sigo teniendo ganas y sigo queriendo avanzar, pero intento no vivir con la sensación constante de que algo se me escapa si no corro detrás.
Porque he aprendido que muchas cosas importantes no aparecen cuando vas rápido. Aparecen cuando paras lo justo como para darte cuenta de que ya estabas donde tenías que estar. No siempre hace falta empujar más fuerte. A veces basta con no huir.